Sé que para la gente que no me conoce puedo parecer un poco Grinch en estas fechas. Basta leer mi publicación anterior. Pero no es verdad.
No me importa lo que piense la gente, ese ambiente obligatorio de felicidad inevitablemente me trae también esa sensación. Los árboles adornados con bolitas de colores y luces parpadeantes me hacen sentir feliz, me alegran el día. Las vitrinas en las calles con microclimas de invierno nórdico me sacan siempre una sonrisa. Todas las noches me quedo en la ventana mirando los edificios que tienen los balcones llenos de luces. Y, al mismo tiempo que me divierto clasificando entre los balcones adornados sobriamente y otros que simplemente cruzan la línea de la ordinariez, la imagen en conjunto me hace sentir alegre. Anoche pude tener un espacio de cerca de una hora, en familia, mirando cómo mi papá envolvía regalos y fue 90% risas. No falta el comentario desubicado que te estruja las glándulas lacrimales, pero lo pasé mayormente bien.
A veces me pregunto si me quejo de llena. Pero no, no es verdad. Siempre me faltó y me sigue faltando. Las personas que dicen que los regalos no son lo más importante son los que siempre han tenido y piensan que nunca les va a faltar, o los que nunca han tenido y se resignan a que nunca tendrán. Para una que nunca se atrevió a pedir un regalo porque no quería ver en sus padres la mueca de dolor al saber cuánto costaba, los regalos cobran una importancia estratosférica. Es una mezcla entre pena y frustración por nunca haber podido pedir nada, y esperanza porque estoy trabajando para que por lo menos la segunda mitad de mi vida sí pueda tener lo que quiera, y poder regalar lo que pidan.
Pero también es verdad que a veces un detalle no muy caro hace una gran diferencia. Yo estoy feliz con los pequeñísimos regalos que pude comprar porque sé que les van a gustar. En realidad fue ayer cuando estaba muy feliz con los regalos hasta que saltó un imbécil en Twitter diciendo "#regalopenca (regalos que yo compré)". Me dieron ganas de tirarme al piso llorando y de pie mirarme y reírme de mí misma por tonta. Es verdad, no tengo plata para comprar algo de más valor, pero eso no le da derecho a la gente para tirar por el piso el esfuerzo mental que hiciste por encontrarle a la gente que quieres algo que piensas que les va a gustar. Entonces te da miedo que ellos piensen lo mismo que pensaba el estúpido de Twitter, y vuelves a sentirte basura navideña. Odio a los hijitos de papá que lo único que hacen es hablar de cuánta plata llevan puesta en ropa, de las fotos que se sacaron en Europa, de a dónde van a ir de vacaciones y de qué les van a comprar sus papis para la navidad. Lo que yo de verdad pienso es que no lo hacen con intención de humillarte, pero eso mismo quizás sea lo que me haga odiarlos, que tienen una cabeza y un mundo tan pequeñitos que no se dan cuenta de que con sus palabras te pueden estar haciendo sentir miserable.
No es la navidad lo que no me gusta, amo ver a mi familia, hacemos bromas, lo pasamos bien, independiente de si en la mesa hay pavo a la naranja o arroz con papas, si debajo del árbol hay diez regalos o cien, si costaron mil o un millón de pesos. Es verdad, lo material no es lo más importante... pero para una que nunca tuvo, es inevitable que esas heridas de infancia vuelvan a abrirse cada nochebuena.
A veces se me olvida quién soy, y quién he sido siempre. A veces de verdad pienso que todo va a cambiar, que en el transcurso de un año pueden pasar muchas cosas que me hagan terminarlo bien; alegre, por lo menos.
Pero siempre la navidad para mí ha sido momento de miradas de lástima, de "sabes que este año los regalos van a ser cosas pequeñitas...".
Odio estas fiestas de mierda. Odio que me pregunten "¿qué vas a pedir para navidad?", porque no pido nada, porque nunca he podido pedir nada, porque hasta cuando hemos tenido plata siempre me han hecho vivir como pobre, sentir lástima por mí misma porque a los demás les dan todo lo que quieren y yo tengo que ser feliz con lo que tengo.
Estoy aburrida, cansada, de todo.
Y por supuesto, odio mucho más que me digan "los regalos no son lo más importante, lo que de verdad importa es que tu familia esté unida". Váyanse a la mierda, todos.
Dice que no va a cambiar. Que él es así y nadie lo entiende. Y sí, la verdad es que yo no lo entiendo.
Porque antes las tardes de domingo me hacía dibujos, y yo quedaba impresionada y le preguntaba "¡¿cómo haces para dibujar tan bien?!" y me contestaba con una sonrisa "me imagino el dibujo en la mente, y es como si lo fuera calcando". Y yo misma intenté hacer eso muchas veces y siempre mis dibujos fueron horribles. Así entonces, calqué (de verdad) infinidad de dibujos durante mi infancia, me encantaba. Me imaginaba que de verdad los estaba calcando desde mi imaginación, como él me decía.
Me acuerdo cuando jugábamos a que su mano se transformaba en araña y en caracol, y tenía que pegarle o hacerle cariño dependiendo de cuál fuera, y cambiaba tan rápido que a veces me equivocaba y le pegaba al caracol, o le hacía cariño a la araña, y los dos nos partíamos de risa.
Me grababa películas de Disney en VHS, me llevaba al museo, me enseñó el amor a la lectura, me hablaba de los últimos descubrimientos de la ciencia y de los últimos inventos de la tecnología. Me abrazaba y me preguntaba si cuando yo fuera grande y él fuera viejo yo lo iba a dejar de querer. "¡No!", le respondía feliz.
Cómo voy a entender que ahora cuando llegue a la casa todo lo que haga sea pasearse entre la tele y el computador, que hablarle de cualquier cosa se haga finalmente una discusión, con gritos y hasta golpes. Cómo voy a entender que en algún momento me quedé sin padre y no me di cuenta. Cómo.
Cómo voy a aceptar que mi hermano no haya tenido la oportunidad de tener el mismo padre que yo tuve cuando niña. Cómo voy a perdonarle que haya transformado ese "¡No!" en una mentira.
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